Niños de Ucrania: Una Historia de Arte y Esperanza

Todo comenzó a mediados de marzo de 2022, cuando recibí una imagen con la bandera de Ucrania en WhatsApp, acompañada de un mensaje que decía: “Úsala como foto de perfil”. Mi reacción inmediata fue: “Esto no tendrá un impacto real; mejor enfocarme en ayudar a los refugiados”. A través de los medios de comunicación, presencié cómo miles de jóvenes madres llegaban con sus hijos a la frontera entre Ucrania y Polonia, huyendo de la guerra. Vi fotografías de niños con miradas perdidas, sintiendo frío y hambre, tratando de comprender por qué sus padres no estaban con ellos. Fue entonces cuando decidí utilizar el arte como terapia, intentando ayudarles mediante la pintura.

Me puse en contacto con dos importantes ONGs a nivel internacional, les expliqué mi idea, pero lo único que les interesaba era que me convirtiera en miembro y pagara una cuota mensual. Así que opté por emprender esta misión por mi cuenta, en solitario y con un toque de aventura.

En tan solo tres días, aterricé en Cracovia y desde allí tomé un tren hacia la ciudad de Przemysl, a pocos kilómetros de la frontera ucraniana. Esta ciudad funcionaba como el principal punto de llegada de los refugiados, quienes arribaban en tren a la estación central. Luego, eran trasladados a un centro de acogida ubicado en un gran centro comercial abandonado en las afueras de la ciudad. Llegaban aproximadamente 12,000 refugiados al día, en su mayoría mujeres y niños, quienes posteriormente eran redirigidos hacia otros destinos en Europa.

En mi mochila, llevaba 20 kilogramos de pinturas, marcadores, colores y papel, con el propósito de que los niños pudieran plasmar sus sentimientos o simplemente dibujar, olvidando por un momento la dura realidad que estaban viviendo.

Tras presentarme y explicar el motivo de mi viaje a las autoridades polacas, incluyendo la policía y el ejército, finalmente obtuve una acreditación especial que me permitió ingresar al centro de acogida de refugiados. Una vez dentro, accedí a una sala de aproximadamente 80 metros cuadrados, donde algunos monitores entretenían a los niños con música y juegos. Al abrir mi mochila y comenzar a sacar el material, ¡muchos de los niños presentes comenzaron a sonreír! El proceso de dibujar y pintar fue instantáneo. En cuestión de minutos, las páginas en blanco se llenaron de colores y pude presenciar de primera mano que el arte realmente es una terapia, especialmente para los niños.

Fueron nueve días intensos, repletos de emociones, con momentos difíciles pero cargados de satisfacción. Las cientos de “obras de arte” creadas por los niños adornaron las paredes y ventanas de ese lugar frío, aportando un toque de color y esperanza. Sin lugar a dudas, esta experiencia se convirtió en una de las más profundas de mi vida, tanto como artista como ser humano. Estuvo repleta de emociones, a veces contradictorias, pero con la firme conclusión de que en este mundo existen muchas personas bondadosas dispuestas a ayudar a quienes más lo necesitan.


Como decía En palabras de Pablo Picasso, “Cada niño es un artista. El problema es cómo seguir siendo un artista cuando crecemos”.


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